The Toy Show, el Telepasión para niños de la tele irlandesa

Hace poco fue la fiesta de Navidad de mi empresa y me llamaron la atención dos cosas de la misma: 1) El menú fue lo peor que he comido en mi vida (ahora dos bolas de mozarella y una patata cuadrada es alta cocina…); y 2) Uno de mis compañeros, más irlandés que la mantequilla Kerrygold, me dijo que no venía a la Xmas Party porque “he quedado con mis hijos para ver The Toy Show. Ya había oído hablar de este programa que ponen cada Navidad pero desconocía su enorme poder de convocatoria… Cuando en estos tiempos tan llenos de ocio un programa de la tele pública (RTE en este caso) aún es capaz de reunir a familias enteras delante de la tele, ojo, aquí pasa algo.

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El Toy Show en cuestión es una edición especial y navideña del programa The Late Late Show (“el más antiguo chat show de la tele de todo el mundo”, ¿será verdad?) que se emite a primeros de diciembre y es algo así como revisar el catálogo del ToysR’us (Toisarás, en español) en la tele, un desfile de los nuevos juguetes para que los niños se flipen y los padres tengan sudores fríos (es broma, los padres lo adoran también, crecieron con él -se emite desde 1975-). Lo presenta el que lleva el late show de cada época y solía salir Dustin the Turkey, que es una mascota feísima popular por aquí, que siempre traía algún regalo bajo el brazo ala (que no ha pagado él, ¡ese pavo se lo lleva todo de gratis!). Pero Dustin ha sido VETADO y ya no sale nunca. ¡Justicia para Dustin! Free Dustin! (Podrían invitarlo junto con Dustin Hoffman y decir “recibimos en el plató a dos Dustins: uno es una mascota infame y el otro es un genio de la interpretación”… y luego ya que cada uno en casa decidiera quién es quién).

Algo muy esperado del programa es comprobar qué jumper navideño llevará el presentador. Os confieso que escribo de oídas (y de leídas) porque nunca he visto el programa, ¡pero prometo verlo el año que viene! (Sí, claro, claro…)

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Sol en Dublín: Yo lo he visto

Como ese dicho de “caracol col col, saca tus cuernos al sol” (no sé si esta compleja composición es un refrán, una rima o una chirigota), el irlandés saca sus cuernos al sol en cuanto ve el cielo despejado. Y los entiendo, eh, que ya son muchos años aquí y lo de amanecer sin nubes o sin ese eterno color gris colgado en el horizonte es un suceso único. Lo de salir al fresco en cuanto ves un poquito de luz es casi la única respuesta posible ante los 350 y muchos días de carestía rayil.

Así pues, cual señor de pueblo que se sienta en el poyete de la plaza con el único objetivo de ver discurrir el día, el irlandés ve el sol y sale a la calle. Sale a plantarse, sin más. A absorberlo todo, sin dejarse ni un trocito. Es muy curioso observar todas las fotos que se cuelgan en esos días en prensa y redes sociales: verdaderas multitudes apostadas a orillas del río Liffey o de uno de los canales de la ciudad, con los pantalones subidos hasta las rodillas, con las mangas arremangadas, apelotonados en su absorción solar.

Este mes de abril y parte de marzo nos está regalando días soleados, son sin duda los mejores meses de tiempo en todo el año en Dublín. Así que si queréis saber cuándo venir de turismo por aquí, ya sabéis. Si venís, traed Conchas Codan (para Loida) y Nocilla blanca (para mí). Un saludo.

En Dublín DROGAS NO, y medicamentos tampoco

Hoy he ido al TESCO, el supermercado KING de Irlanda y el Reino Unido, con toda la ilusión del mundo a comprarme unas cuantas medicinas (de esas que apenas funcionan pero que acabas comprando un poco ya por costumbre) para atajar este catarrazo-cold-flu que me ha atacado con nocturnidad y alevosía. He pillado un par de cajitas de Panadol (tipo Frenadol o Rinomicine en España), una de sobrecitos con 1000mg de Paracetamol y la otra con pastillas de 500mg, por darle un poco de diversión a la cosa. El problema ha venido cuando he ido a pagar y la cajera me ha dicho lo siguiente: “No puedes llevarte más de un medicamento en la misma compra”. WHAT???!

Mirando un poquito en la red (Google killed the Journalism Investigation) parece ser que en los supermercados de UK e Irlanda no se pueden despachar más de 16 pastillas de una tacada, mientras que en las farmacias el límite son 32. Que, ojo, yo lo que he hecho es pagar mi compra normal (esa paella con chorizo del TESCO entre otras cosas… al final hasta se le coge cariño…) con una caja de Panadol y; luego, pagar “en otra compra” inmediatamente después, sin perder mi puesto en la cola, mi otra caja. Solución propuesta por la propia cajera. Es decir, una soberana gilipollez. Hecha la ley, hecha la TRUMP.

Se dice, se comenta, que esto responde a una ley instaurada en UK en 1998 para no ponerse ciego a Paracetamol y pillarte un viaje bueno. Literalmente, “to reduce the incidence of paracetamol overdose”… ah, pero, ¿la gente de verdad se droja con esto? Mí no entender. En fin, que nunca te acostarás sin saber una cosa más. No sé cómo está esto en España, pero claro, en España no suelo comprar medicinas en el Alcampo o el Mercadona… aquí es lo más normal del mundo comprar en los supermercados las medicinas over the counter (o sea, las que se pueden conseguir sin prescripción). ¿Para qué darte el viaje a la farmacia cuando te las puedes llevar con los plátanos y las latas de atún?

Bueno, pues eso, que si no vuelvo a escribir, sabed que he muerto feliz con mi Panadol overdose. O habré muerto del catarrazo. Lo que antes me lleve.

 

Unas fotitos de Dublín de inicio de año blogueril

Desde que dije que La Pinta Roja ya tenía Instagram no me había vuelto a acercar por el blog. Lo cierto es que tengo varias cosas que contar de nuestra vida dublinesa pero me falta tiempo para contarlo PROPERLY. Muchas veces dejo morir posts porque para escribirlos rápido y mal prefiero no hacerlo. Posts no-natos. En fin, que puede que esta noche (cuarta noche de mi semana nocturna en el trabajo) haga una escapada a mis mundos de Yupi (aka, este blog, entre otros) y escriba algo mientras finjo estar trabajando duramente para ganarme ese jornal que, sin duda, me merezco. Pues eso, queda la promesa y el reto nocturno de contar algo con un mínimo de chicha. Mientras tanto, y para demostrar que este blog va a estar igual de vivo y coleante (¿¿coleante??) en 2017 que en 2016, os dejo unas cuantas fotos de Dublín de las que hacía cuando usaba una cámara de fotos, remember those?

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La Pinta Roja ya tiene Instagram

Una de las cosas que sí me gustan de tener un móvil moderno contemporáneo es lo de Instagram. Mantengo que esto ha existido siempre y antes se llamaba Fotolog o algo así (… sí, Juan, sí), pero a lo que iba, que está muy bien lo de colgar las fotos al instante y el double tap y todo eso. Seguid a @lapintaroja para ver todo lo que ven estos ojitos en el día a día dublinés (here’s a taste). Para ver lo que ve Loida en su día a día dublinés podéis meteros en su cabeza o, dada la imposibilidad de la transmutación mental, podéis seguir su cuenta en @loidalazaromir

Aprovechando nuestro reciente (y sorprendentemente satisfactorio viaje a Glasgow -no es, ni de lejos, tan fea como la pintan-) he decidido hacer un “15 días de Glasgow” poniendo cada día una foto del viaje a la ciudad escocesa, un Best of the Best, solo puede quedar una… bueno, de hecho, quince. La cosa empieza hoy y acabará el 30 de diciembre, un día antes de que acabe este erótico 2016.

La vida en Dublín: (foto)Síntesis

Nota previa: En este teclado (el del trabajo) no tengo determinadas teclas por lo que el texto ha sido redactado de forma que no tenga que hacer luego correcciones en casa (he evitado usar tildes y ciertos tiempos verbales)

Mucha gente me pregunta (ninguna) que si en realidad lo de vivir en esta ciudad es una buena experiencia, que muy bien los posts de la comida y los libritos que me compro y tal, pero que si de verdad merece la pena venirse a la capital de Irlanda, que si es una experiencia muy distinta a la de vivir, por ejemplo, en Cuenca. Pues mirad: distinta es, pero tampoco tanto, a fin de cuentas por estos lares pastan igualmente a sus anchas los Primarks, McDonalds e IKEAS de nuestra vida (lamentablemente, Mercadona brilla por su ausencia). En lo que cambia mucho la historia es en comidas, gentes, usos y costumbres. O sea, que me desdigo, que la experiencia es bastante distinta pero con algunos decorados similares. Uy, vaya volantazo.

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En el trabajo las cosas son radicalmente distintas, con empresas multinacionales a porrillo y una estructura bastante mas profesionalizada y horizontal (los ascensos y cambios de departamentos son habituales y son promovidos por los propios jefes) y existe un rollito friendly muy sospechoso (decoremos de navidad chachi la oficina mientras laboralmente te exprimimos como a un limón). Para que una empresa te despida tienes que liarla bien parda. Hay 300 jefes diferentes (en mis trabajos en Madrid mi supervisor directo era una o dos personas, no cuatro o cinco como ahora) y el micro-managing llega a niveles insospechados (esto me trae por el camino de la amargura pero mejor me explayo en un futuro post).

Otra gran diferencia se nota en que en cualquier momento te puedes topar en plena calle con un borracho. Y luego con otro, y luego con otro. Con luz, en horas punta, con el centro de la ciudad bullendo. Esto en Madrid solo pasa de madrugada y los findes, cuando los torzones con patas regresan a casa. Y, generalmente, se trata de borrachos adolescentes. En esta ciudad los borrachos son de 30, 40 y 50 tacos, no son precisamente pijos y la sociedad hace la vista gorda con ellos en plan “viven entre nosotros pero hacemos como si fueran invisibles”.

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El tema comida ya ha sido sobradamente explorado en La Pinta Roja pero lo puedo resumir de este modo: the coffees are excellent pero el resto de cosas son sensiblemente inferiores a las de la madre patria (incluso las paellas preparadas del Tesco o Marks & Spencer apenas tienen un sabor que evoca el verdadero, por no hablar de que incluyen chorizo –normal que a Jamie Oliver le hayan dado palos por esta atrocidad-). Aquí huele a mantequilla, a grasa quemada, a fritanga infinita, a bocata de pollo y a pis derramado o cerveza seca en butaca. Los supermercados y delis (tiendas de alimentos y otras cosas necesarias) son parecidos pero incluyen esa maravillosa posibilidad de usarlos como cajeros y que se llama “cashback” (pinchad para el post sobre el tema).

Los horarios son otros, se desayuna como en todas partes, se almuerza entre 12 y 12.30 y se cena entre las 5 y las 7. Vale que a las 5 es muy pronto, pero es posible, yo lo he visto. Loida y yo lo hacemos igual (donde fueres lo que vieres…) pero algo relajado, es decir, comemos cuando nos lo ordenan en el trabajo como a ovejitas (depende de la semana) y cenamos entre 7.30 y 9. La verdad es que si cenamos a las 9 es incluso tarde. Generalmente cenemos al ritmo de “un Florrick” (The Good Wife, una de las mejores series que he visto nunca, y he visto muchas), “un Chicotito” (Pesadilla en la cocina, bajado de internet porque esos delincuentes de Atresmedia o bien quieren que pague o bien me dicen que “programa no disponible en su zona”, oiga, que esto ya es global todo) o un MasterChef Australia, que lleva ya 63 programas (dudamos que el concurso termine antes de nuestra muerte).

La clase media me parece difuminada entre ejecutivos y gente que se cree guay, turistas o extranjeros que trabajan en multanacionales, y knackers. Estas son las clases sociales a mis ojos. Claro que hay gente normal, pero poca. Y ya. A rasgos generales, es esto. Y claro, mucho cuidado con las palomas y las gaviotas. No son bonitas y no tienen comportamientos sociales. Son, literalmente, animales.